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jueves, 22 de mayo de 2008
Víctor Hugo en la revista Brando: "EL ÚLTIMO DANDY. Cuando el fútbol y la elegancia juegan para el mismo equipo"
Por Leonardo Almanza / Fotos de Fernándo Gutiérrez
Publicado en la revista Brando del 20 de marzo de 2008
Los dandis también transpiran. Debe ser mentira que el otoño ya comenzó: en la cabina de transmisión de la cancha de Lanús se concentra un calor africano y Víctor Hugo sobrevive como puede, con bermudas beiges, pies descalzos, dos páginas de Olé desplegadas en el piso de cerámica para evitar el desfase térmico, una jarra con agua helada y una toalla blanca expandida sobre su hombro derecho, al estilo de los boxeadores desahuciados, para secarse el sudor.
Pero la toalla no es suficiente. De tan transpirada, de tanto "ataca River, responde Lanús, ta-ta-ta, no-quieran-saber-no-le-pregunten-a-nadie-el-gol-que-se-perdió-Falcao y adelante-estudios-centrales-con-los-otros-resultados-de-la-fecha", la chomba azul Francia de vh se recicló en azul marino. Su camiseta se oscureció como un eclipse. También Alejandro Apo, a cuestas de su físico de luchador de sumo, sufre el veranito rezagado. "Qué calor, nene", bufa el comentarista de voz de lija gruesa, cuando el micrófono se apaga.
Apo tendrá un trabajo complicado para explicar el triunfo final de River, las pitufeadas de Diego Buonanotte y las atajadas de Juan Pablo Carrizo: vh no sólo relata el partido, también lo explica, lo desmenuza, lo humaniza, lo poetiza. Es un analista magnífico. Y también polémico: su visión maniqueísta del juego y sus derivados (gloria y loor a los bilardistas y Mazorca pura y dura para los menottistas) genera algunos cosquilleos en el ambiente futbolero.
Pero vh, este hombre que ahora se derrite en el Estadio Ciudad de Lanús, es mucho más que un predicador del fútbol (y del tenis y del básquet, sus otros deportes favoritos). En su adn también cohabitan un periodista integral, un cinéfilo, un devorador de literatura, un viajero trashumante, un militante de la música clásica, la ópera, el teatro y la pintura, un coleccionista de arte, un catador de vinos y sigue la lista con todo eso a lo que se conoce como dandismo, el arte del buen vivir que en el Río de la Plata fuera patentado por Marcelo Torcuato de Alvear, Adolfo Bioy Casares, Ricardo Darín, Carlos Reutemann y, ya que estamos, Isidoro Cañones.
Los dandis transpiran, pero son coquetos. "¿Cómo, el fotógrafo no viene ahora?", suelta vh cuando advierte que, en su primer encuentro con brando, lejos de la cancha de Lanús, el cronista abre la puerta en solitario. "Había llamado a mi peluquero, que lástima", se justifica. El hombre, además, está bronceado: llegó ayer de Miami, donde pasó la última semana un poco mirando el Masters Series de tenis, otro poco conduciendo su mañanero programa de radio (por Continental, claro) y otro poco desperezado en las playas caribeñas. vh y Estados Unidos se llevan bien.
El hombre que viaja
vh no es de esos tipos que se deslumbran con filosofías orientales, metafísicas tibetanas o dharmas hinduistas. Su hoja de ruta es un clásico de clásicos, un must seen con podio instituido: Europa+Nueva York. "Yo voy a Roma, veo la columna de Trajano, y me sensibiliza, tiene un valor para mí. Por la base que tengo, puedo preparar un examen de la historia de cualquier ciudad de Europa en una semana. Ir a Asia y ver cosas de otra cultura no me llega", explica y, ay, qué pensarán los adoradores del yoga.
"Antes del Mundial de Japón y Corea del Sur, en 2002, había estado algunas veces en Asia y no la había pasado bien, no me había gustado. Y como me tocaba estar allí más de un mes, me propuse pasarla bien. No es lindo estar rezongando en un lugar desconocido. Por eso trabajé mucho en mi interior para disfrutar de otras cosas, de museos diferentes, de parques no tan convencionales, de una religión desconocida y de una historia desligada de mi vida. Y, efectivamente, la pasé mejor. Pero si me decís qué viaje quiero hacer en este momento, primero te digo París, segundo Nueva York y tercero el resto de Europa que conozco: Roma, Madrid y Londres. Y también incluyo a Praga, ya no tanto por la historia, sino porque tengo una buena relación con ese tipo de ciudades medianas como Budapest, Viena y Salzburgo, que integran un circuito funcional a uno de los ejes de mi vida: la música. Allí nacieron grandes compositores, que estrenaron obras, habitaron sus teatros y respiraron esa atmósfera tan especial", explica, sin detenerse un segundo, uno de los rioplatenses más viajadores del mundo.
Alguien, y es difícil adjudicar aquí los derechos de autor, dijo alguna vez que un buen periodista era aquel que tuviera un océano de conocimientos con una profundidad de un metro. Esto es, sin ser un especialista de nada, hablar de todo. Quienes traspasan esa frontera, y además de hablar también indagan, profundizan y divulgan, configuran algo más que buenos comunicadores. vh lo es: le fascina participar en debates o exposiciones sobre música, cine, pintura, literatura, deportes y otras yerbas. Semejante voracidad intelectual tal vez se explique en que vh eligió hace años el enemigo perfecto: la televisión.
La tele que no miramos
Un domingo de fútbol cualquiera, en Lanús o donde sea, vh podría desplazarse desde su cabina de transmisión hasta la mitad de la cancha y, micrófono en mano, dirigirse a la multitud para averiguar cuántos de ellos nunca alcanzaron a ver un programa entero de Marcelo Tinelli o Susana Giménez. Salvo que en el estadio se encuentre algún alien que haya vegetado en Siberia durante los últimos 20/25 años, nadie levantaría la mano. Es probable que el único lunático que jamás haya visto un programa de estas dos figuras omnipresentes de la tevé argentina, sea vh.
En 1989, un cable de la agencia efe enviado desde Japón cobró cierta relevancia en los manuales de periodismo porque incluía un dato original: "Hoy ha fallecido el emperador japonés Hirohito (1901-1989), uno de los pocos hombres del mundo que ha visto pasar el cometa Halley por el firmamento dos veces". En ese estilo, vh debería ser presentado en Wikipedia como: "Víctor Hugo Morales (Cardona, Uruguay, 26 de diciembre de 1947) periodista, relator deportivo, locutor, conductor, escritor uruguayo y único ciudadano de Argentina que sólo vio un programa de Marcelo Tinelli y otro de Susana Giménez".
El James Dean uruguayo se confiesa: "Soy un rebelde contra la televisión, porque mató al mundo que yo adoré, en el que me crié, el mundo de mi pueblo en Uruguay, un lugar de seis mil habitantes en el que había cine cuatro días por semana. Los sábados se daban dos funciones y los domingos abría a las dos de la tarde y seguía hasta la una de la mañana. También teníamos (y enfatiza la primera persona del plural) un campeonato de básquetbol de seis equipos, otro de fútbol de salón con ocho clubes, un gimnasio al que iban 300 o 400 personas cuando los partidos eran importantes. Y ese mundo se murió allá por 1970, año en el que comenzó una decadencia pavorosa. Cuando la tele entró en todas las casas del pueblo, el cine se convirtió en un mercadito, la gente dejó de sentarse en la vereda para charlar y la actividad social se terminó", monologa.
Lo que vh quiere decir es que la tele le arrebató, a él y al mundo que lo rodeaba, un sentido de pertenencia. De integración. Del ser contra el estar. Morales alude cuestiones seudo filosóficas: "Tengo un encono personal contra lo que la televisión significó en el mundo: convirtió a la gente en pasiva, en espectadora de algo que recibe sin dar nada a cambio, y que por otra parte lo que recibe ni siquiera es formativo, es entretenimiento en estado puro, sin valor artístico. Es cierto eso que sólo una vez vi un programa de Tinelli, y otra vez uno de Susana Giménez. Y no habré mirado más de tres o cuatro de Mirtha Legrand. Que no quede como algo peyorativo, debe haber cosas valiosas, pero simplemente yo no detecto programas de mi interés".
Vh no profesa tinellis, susanas, ni mirthas porque se encomienda a salidas más nutritivas: "Mi segundo programa de radio va de 19 a 21 y, cuando salgo, voy al cine, al teatro o a un concierto, por lo que vuelvo a casa a medianoche. Ahí podría hacer un poco de zapping, pero casi siempre prefiero avanzar al menos veinte páginas del libro que estoy leyendo".
Vh, entonces, podría parafrasear uno de los aforismos de Groucho Marx: "Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro". Su discurso antitelevisivo llegó a ser tan radical que, un día, su hija volvió a casa refunfuñando porque en la clase de teatro había que cantar temas famosos de televisión y la pobre Paula, desorientada, quedó al margen de la selección. A la hora en que los ratings llegan a su cumbre, entre las 21 y las 23, Paula y sus hermanos solían, y suelen, cenar en restaurantes.
"Soy muy partidario de comer con los chicos afuera, más que en nuestra casa, porque de esa manera los tenés una hora y media sentados, hablando sin interrupción. En cambio, en la casa siempre hay un llamado telefónico, alguien que se para, alguien que dice ahora no tengo ganas de comer. En consecuencia, ellos también quedaron lejos del mundo de la televisión." El bonus track de su conexión televisiva se llama Hablemos de fútbol, el programa que conduce junto a Roberto Perfumo por espn, los lunes por la noche. Pero vh no duerme con el enemigo, sólo convive, y con una matriz camaleónica: se trata de una emisión semitelevisiva, semirradial, con más debate (no discusión) que fuegos artificiales. Un rara avis.
El escritor oculto
Hagamos de cuenta que, en uno de esos programas intimistas tan propensos a rastrillar confesiones insondables de sus invitados, Ricardo Darín revela que su devoción real es la radio, y que el cine y el teatro no son más que dos buenas maneras de ganarse la vida. O que, en sus palabras finales, Adolfo Bioy Casares le confía a su biógrafo que su vocación siempre se había orientado hacia la producción televisiva, pero que la escritura le resultó más rentable y dócil. A simple vista, parecen dos hipótesis tan alunadas como que vh, animal de radio top, revelase que en la escritura encuentra su mayor placer. Pero este caso es cierto.
El hombre al que se hace difícil imaginar sin la radio esconde una vocación subterránea por la escritura. "Ay, escribir es lo que más me gusta hacer", suspira. Al trazado de sus columnas en la sección Deportes del diario Perfil se encomienda con un pulido artesanal: "Soy como un orfebre, elijo palabra por palabra, me puedo detener en la búsqueda de un sinónimo, pregunto, tacho, corrijo, vuelvo a empezar. Cuando se escribe, uno puede embellecer sus ideas, algo que en la cuestión oral es muy difícil, porque uno se autocensura mucho. Lo escrito es más prolijo, además, y uno puede inspirarse con mayor detenimiento. Escribir es una posibilidad que me fascina, una catarsis muy necesaria y un desafío del que salgo perdidoso, porque las ideas que están en mi cabeza siempre son mejores a las que consigo plasmar en el papel. Pero, igual, toda la gente debería escribir".
Más allá del valor periodístico que implica su firma semanal, la participación de vh en Perfil sirvió para confirmar un matiz solidario inhabitual en los medios. En los pasillos de las redacciones, se sabe que el uruguayo se compromete hasta la médula para defender a sus compañeros laborales. A comienzos de 2007, cuando los periodistas de Perfil hicieron huelga durante cuarenta días, el uruguayo dejó de escribir su columna hasta que no se solucionó el conflicto. El pedido no incluía mejoras para los columnistas especiales, pero vh hizo causa común y, de paso, aprovechó su micrófono de Radio Continental para difundir el reclamo. También en 2002, el uruguayo se acercó a una choriceada en las puertas de El Gráfico, revista de la que habían despedido a diez redactores. Ni siquiera eran compañeros de trabajo, pero igual se solidarizó.
El devorador de libros
Pero volvamos a su conexión con la literatura. vh no lee libros: los devora, los mastica con los colmillos. Sus molares son decorativos. Lo suyo roza la antropofagia cultural. El uruguayo comienza un libro, se deja seducir con otro, lo intercala con un tercero y se deja atrapar simultáneamente con un cuarto, pero después vuelve al primero, al segundo y al tercero y sigue envolviéndose con todos hasta que un buen día termina prolijamente lo que había empezado. El ciclo literario de vh respeta el estilo cíclico de las reencarnaciones hinduistas/budistas: un circuito que no tiene fin. Una pregunta tan llana como "¿Qué libro está leyendo?" le demanda una respuesta ciclópea, tan extensa que, para que el lector pueda respirar, la dividiremos en tres partes.
1) "Acabo de empezar El regreso, de Bernhard Schlink, que es un escritor y juez alemán, un hombre de 63 años que escribió esta novela basada en su experiencia en tribunales contra los nazis. Por los comentarios boca a boca, me volví fanático del húngaro Sándor Márai. Ahora estoy con El último encuentro, pero ya leí La herencia de Eszter, La mujer justa y La amante de Bolzano. Se trata de un autor relativamente nuevo, porque murió en 1989, se suicidó en Estados Unidos. Márai se hizo conocido entre nosotros poco después, cuando cayó el Muro de Berlín y aparecieron muchos elementos culturales que hasta entonces estaban encriptados en el Este. Ahora lo está leyendo mucha gente: cuando trato de recomendarlo entre mis amigos, la mayoría me dice que ya lo conocen."
2) "Terminé hace poco La escafandra y la mariposa, de Jean-Dominique Bauby, un francés que también murió hace pocos años. La historia, que es potentísima, fue adaptada al cine por el director Julian Schnabel, que estuvo nominado al Oscar. También leí Vincent, te espero desnuda al final del libro, de Rodolfo Braceli. Y me faltan pocas páginas para el final de Por mano propia, de Diana Cohen Agrest, que habla del suicido. Pero además me dedico a la lectura útil para el programa de radio, los libros coyunturales, necesarios, como los de Magdalena Ruiz Guiñazú, Nelson Castro y Pepe Eliaschev."
3) "Leo entre cuatro y cinco libros al mismo tiempo, según el estado de ánimo y las ganas. No sé si hay lectores tan caóticos como yo; varío mucho, paso de Márai a uno de autoayuda si tengo que hacer un reportaje de ese tema. Es algo que me entretiene, más o menos parecido como cuando vas al cine: a veces querés ver películas cargadas de intención, bien para cinéfilos, y otros días preferís ver algo pasatista, de Hollywood, para estar ahí y nada más."
Jorge Luis Borges aconsejaba a sus estudiantes que dejaran un libro si los aburría. Decía que la lectura es una forma de felicidad y que no se puede obligar a nadie a ser feliz: "El verbo «leer», como «amar» y «soñar», no soporta el modo imperativo". Pero vh es de los que no abandonan. "Soy un luchador, sobre todo con los libros que implican valor literario. La única novela que abandoné a las cinco o seis páginas es El código Da Vinci. Me pregunté qué estaba haciendo, no había una sola línea de literatura que me importara, así que lo dejé. Yo siempre le pongo empeño, hay que tener constancia. Una vez, como me había enamorado del primer libro de Isabel Allende, La casa de los espíritus, después intenté engancharme con otro, pero me la pasé protestando porque no me gustaba, me parecía repetitivo. Y mi mujer me decía: «Dejalo, ¿quién te obliga a leerlo?», pero no, le di crédito hasta el final y, efectivamente, en las últimas páginas encontré cosas rescatables. No porque el libro sea bueno todas las páginas tienen que ser buenas: los escritores no se levantan de la misma manera todos los días."
El cinéfilo que evita los sábados
Víctor Hugo tiene una cuenta pendiente: se le acumularon seis películas para ver, "las cuatro que se estrenaron la semana pasada más las dos de esta semana". Ops, estamos frente a un cinéfilo radical, de esos que refunfuñan contra la conexión cine-sábados-por-la-noche: "Ese es el día en el que los muchachos invitan a las novias a un lugar cualquiera, o el de los esposos que sacan a la patrona para matar dos horas, comer pochoclos y hablar. Todo es muy barullero, por eso desde hace años no voy al cine un sábado a la noche, desde que estaba mirando Una dama y un canalla, una película pequeña, pero maravillosa, con Lino Ventura y Françoise Fabian. El personaje sale de la cárcel después de ocho años, llega a su casa y se da cuenta de que su esposa tiene un amante. El hombre lo asimila como puede, era un tema difícil: su amada había pasado todo ese tiempo con otro hombre. Y en la película se sucede un instante de gran suspenso, en el que Lino Ventura permanece callado, pensando qué podía decir. Pero en ese momento de notable valor, un tipo del cine le grita a la pantalla: «Hablá, boludo». Todo el cine largó la risa, a mí me destruyeron ese momento mágico, y ahí me prometí que nunca más iría al cine un sábado".
El golpe de judo contra los sábados incluye días y horarios insólitos. En los años en que conducía Desayuno, de 7 a 10, vh salía de Canal 7 y se iba derecho a las funciones de las 11 de la mañana: "Era un horario ideal, en las salas no había más de ocho espectadores, un silencio absoluto, a nadie se le ocurre hablar".
El predicador del arte
Vh cumple una misión evangélica con el arte: es un misionero, un predicador. Hace algunos años, un muchacho argentino que vivía en Nueva York y trabajaba como reportero free lance llamó al uruguayo, que estaba de visita en Manhattan, para pedirle una entrevista para la revista dominical de La Nación. "Claro, pero vení que la hacemos en el teatro. Me estoy yendo a ver a José Carreras, en el Lincoln Center. ¿Me acompañás?", respondió Morales. El cronista balbuceó que no tenía ropa apropiada para la función del tenor español. Pero vh le insistió: "Vení igual, que yo te presto un traje". El periodista emergente y el consagrado se conocieron, compartieron el espectáculo, hicieron la entrevista y originaron una relación que en Buenos Aires suelen continuar un par de veces por año, cuando vh invita a cenar a su casa a un círculo de gente entusiasta de la música clásica y la ópera. Esas veladas caseras que, poco a poco, pasaron a formar parte del circuito de una Buenos Aires críptica, se oculta al gran público: "Hago cenas musicales, sí. Invito a algún amigo que toca, reúno a otros quince o veinte que nos guste la música, cocinamos unas empanadas, servimos un poco de vino y nos sentamos alrededor del artis ta mientras interpreta. Es un momento maravilloso, ese tipo de cofradías son fenomenales".
Si pudiera, vh también organizaría una función personal deLa Traviata, la ópera de Giuseppe Verdi que ya presenció, en geografías dispares, alrededor de ¡50! veces: "O tal vez más, eh, la verdad es que perdí la cuenta. Pero el hecho artístico siempre es nuevo, lo único que se mantiene es la música. Los cantantes narran de manera distinta. Yo creo que ciertas óperas pueden ser vistas decenas de veces. Además, adonde vayas, en Europa o Nueva York, siempre te vas a encontrar con una Traviata en tu camino. ¿Y por qué no ir, no?".
El llanto más famoso de vh se puede escuchar en YouTube, y se remite a los últimos segundos de su mítico relato del gol de Diego Maradona contra Inglaterra, en el Mundial 86. En esa narración a carne viva ("lo mejor que pasó en mi carrera") nació el "barrilete cósmico", una metáfora maradoniana que veintidós años después sigue viva en picados, tribunas y disquisiciones futboleras de café. Pero las lágrimas más íntimas de vh se desprenden lejos del fútbol, en el teatro, en las obras de Giacomo Puccini, su compositor preferido.
"Soy de llorar cuando presencio un hecho global artístico, o con un final muy dramático. Pero lo que me pasa con Puccini no tiene contra. Ya he visto muchas veces La Bohème, Madama Butterfly y Turandot. Por eso voy como prevenido y hasta me digo: «Hoy no voy a llorar», pero siempre termino aflojando. Puccini toca unas cuerdas muy especiales. Es una cosa maravillosa que parece invadir el aire, te golpea, te gana y uno siente unas pintitas en los ojos."
Pero su fervor doméstico por la ópera no se limita a esas cenas amigueras. En su casa, la música suena, literalmente, todo el tiempo. En 1986, vh instaló en todas las habitaciones un sistema de parlantes para que Mozart y Beethoven se escucharan de día y noche. "Miro mis discos, contabilizo la cantidad de horas que oí música y me pregunto qué otra cosa mejor podría haber hecho durante ese tiempo, pero no se me ocurre nada. La música es el eje de mi vida", dice, mientras pita uno de los tres habanos que fuma a diario. Nada de cigarrillos comunes, claro.
Si la música es el norte en la vida de vh, bien al sur quedó internet. No pierde su tiempo en la web, y mucho menos en el Messenger, el Google Talk y todos esos inventos modernos. El estilo, el porte, las buenas maneras y la clase son incompatibles con el msn: "Es un invasor, jamás le permitiré que forme parte de mi vida. No lo necesito, estoy bien con lo que tengo entre libros, obras de teatro, películas, ópera, tenis, fútbol y tantas cosas que me gustan. En internet soy un analfabeto total".
Con vh se puede hablar por tiempo indeterminado: ahora dice que es católico, que reza todas las noches y que le encanta entrar en las iglesias, especialmente en Europa, para estar a solas consigo mismo. "Y agradezco fanáticamente", precisa. De ahí debe surgir, entonces, esa misión evangelizadora que también se expande a la pintura. Hace un tiempo, en 2001, vh instaló una galería de arte de San Telmo. "Quería abrir un caminito para pintores uruguayos", explica. Pero le salió mal: "Me equivoqué en el lugar y en la época. Era el 1 a 1 y nadie andaba con 700 dólares, o sea 700 pesos, para comprar cuadros. Eran obras de entre 700 y 1.500 dólares. Hice algunas exposiciones, pero tampoco la podía atender como quería. Lo bueno es que pasé muchas tardes ahí, entre cuadros, en un ambiente muy lindo, pero un poco ruinoso en lo económico. Y por eso la cerré dos años después".
Ese hombre que devora libros, llora con Puccini, instala galerías de arte, va por las cincuenta versiones de La Traviata, vive entre Argentina, Europa y Estados Unidos, no mira televisión, abandonó por principios
El código Da Vinci a la quinta página, escucha todo el tiempo a Mozart y Beethoven, organiza cenas musicales en su casa y es capaz de preparar en una semana un examen de historia parisina o romana, es el mismo que ahora, en la cancha de Lanús, tiene una guerra perdida contra el calor y el sudor. La toalla no es suficiente, pero a la gente que pasa enfrente de la cabina no le importa y lo saluda con devoción: a vh le conceden mayor pleitesía que a los futbolistas que corretean allá abajo.
Y entonces se entiende todo. Lo que transpira Víctor Hugo, el hombre que no necesita apellido, es dandismo en estado puro.
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viernes, 1 de febrero de 2008
Víctor Hugo Morales: La voz del interior
La historia comienza temprano, con las primeras luces. La ducha a tientas y el mate lo terminan de despertar, y el hombre ya listo parte hacia el trabajo. Lo espera la mañana, que tiene un ritmo demandante, tanto que a veces ni siquiera deja margen para recuperar el aliento. Y malabareando, con oficio y sacrificio, ya sea en una oficina, un taller o un taxi, nuestro personaje se deja acompañar por la radio, en donde late el revés de la trama de su odisea matinal de costumbre. La voz que surge tiene un eco providencial, tanto que parece brotar del pecho mismo del oyente. Es que a la par, cincelando cada palabra, Victor Hugo también hace su vida en la ciudad, dribleando con la inteligencia de un celebrado wing rebelde.
Nació en Cardona, departamento de Soriano, en Uruguay, el día después de la navidad del ’47, y su crianza en el campo estimuló una sensibilidad que le ha permitido atesorar el valor de los primeros colores, los fundamentales. “Las discusiones políticas y las charlas con mi abuelo, me habían enseñado a repetirme una palabra que se volvió luego la que mayores satisfacciones y disgustos me provocara: derecho. Ser derecho era todo en la vida”, confesaba en un párrafo de El intruso, su libro de 1977. Desde chico su voz causaba admiración, y no dudó en sacarle provecho. Era muchacho pero ya se sentía listo para el salto. “Tuve la suerte de que aquella prueba en la radio me la tomaron los propios dueños, y que fueran ellos los que me tomaran. En ese entonces el dueño de la radio tenía una novia que yo conocía, y a quién le pedí que me generara el contacto. Tuve el pequeño talento para que esa prueba fuera buena. Después tuve una serie de problemas en Uruguay, no estaba a gusto, me sentía presionado. Justo en ese momento llegó una oferta desde Buenos Aires, y también tuve la capacidad de poder instalarme profesionalmente con cierto decoro. Así se han dado las cosas: una concatenación de golpes de fortuna. La suerte es fundamental. Hay mucha gente talentosa que ha quedado en el camino porque no tuvieron la suerte que he tenido yo. Incluso la gente de mi equipo; cada uno es una historia apasionante, porque en ningún de los casos había trabajo. Si ahora un muchacho va a la puerta de la radio lo puede comprobar, y así fue siempre. Se producen vacíos, baches que a unos les permiten estar y a otros con las mismas condiciones no se les han brindado. Por eso yo soy muy respetuoso de la suerte.”
PM: La Mañana, se ha vuelto un punto de referencia en la radio. ¿Cuál es la clave?
VH: Lo que sucede en el programa tiene que ver con nuestros sueños y nuestras responsabilidades. Tratamos de despertar el interés sobre aquellos temas o aquellas personalidades que consideramos destacables.
PM: Hoy, por caso, de camino a esta entrevista veníamos escuchándolo, y en una brecha que no superó la media hora convivieron Kapuscinski, el Impresionismo, Luís Barrionuevo y el resumen de noticias del Servicio Informativo.
VH: Kapuscinski es un referente para nosotros, y es importante que sea mencionado. A algún oyente le queda el nombre de Kapuscinski, va caminando por Corrientes, ve un libro de él y lo compra: objetivo cumplido. Yo no sé definir el Impresionismo, sólo sé que me gusta, entonces busco a un especialista que lo presente y así genere que algún oyente busque desde la curiosidad. Barrionuevo es la actualidad, como tantas otras cosas que surgen durante el programa y tienen su espacio, aunque esto implique postergar nuestras producciones, lógicamente. A mí me divierte mucho la posibilidad de que convivan la actualidad con los gustos y las búsquedas que tenemos. Si fuera solo un programa de noticias no me divertiría, y si fuera de pretensiones culturales, con notas de sociedad y servicios, estaría dejando afuera algo muy importante para un horario (N. de R.: lunes a viernes de 9 a 13) en que la gente necesita de la información.
PM:¿Cómo lleva la convivencia con la gente que lo escucha todos los días, desde hace años?
VH: Yo lo hago con enorme gusto. El miedo a cansar a los demás sí es un poco paralizante. Por eso busco que los programas sean bastantes corales.
PM: ¿Cómo elije a sus equipos de trabajo? Siempre logra muy buena interacción entre hombres y mujeres.
VH: Me provoca curiosidad el mundo de las mujeres. Las mujeres tienen espontaneidad, mientras que los hombres damos todo por sobrentendido. Cuatro horas de charla entre hombres se transcribe en una carilla, mientras que con mujeres no ocupan menos de veinte. Mientras más mujeres haya en el grupo mas feliz estoy. Con ellas en los programas hay otro tipo de bromas o de caricias que uno puede dar o recibir, siempre dentro del marco del respeto y del cariño.
PM: Desde hace años Competencia es una usina de periodistas deportivos, con un perfil especial. ¿Cómo se logra?
VH: Trato de ser un generador de buen clima de trabajo, Por mí mismo y porque creo que las relaciones humanas merecen ser mejoradas siempre. Cuando uno tiene la posibilidad de establecer los códigos en esas relaciones, puede volverse un jefe que motive la competencia, la envidia, la falta de lealtad, y la inseguridad, o puede ser un jefe que busque y motive la alegría por el lugar que cada uno ocupa, y así poder interrelacionarse sin problemas. Esto último es lo que trato día a día, me hace muy feliz y me permite afirmar que todos los que trabajan conmigo lo viven igual, tanto en La Mañana, como en Competencia, que si bien tiene un grupo reducido, es de gran nivel.
:: EL NOMBRE DEL GOL
En muchos lugares su fama ha llegado antes que su voz. En Radio Marca, de España, una y otra vez los oyentes piden el audio del gol. En You Tube, las distintas versiones de la jugada junto al relato de Victor Hugo suman más de cuatro millones de visitas. Ése gol. Ésa euforia desencajada de un relato en lágrimas que exploró los límites y no pudo otra cosa que dejarse abrazar a un barrilete cósmico, figura retórica y metáfora a la vez. Porque esa apilada memorable en tierra azteca, ese alboroto maradoniano, ha sido un ápice de quiebre.
PM: En la edición de diciembre de El Gráfico Maradona lo destacó como el periodista al que más admira y respeta.
VH: (Con ojos de asombro) ¡Qué bárbaro! Me da una alegría inmensa. Creo que es el fruto de un gran amor que le tengo a Diego, que a él le consta, y que se ha expresado en un permanente respeto. A mí no me importa recriminarle nada. Yo soy un deudor eterno porque a mí me dio dos formas de felicidad: la que le dio a toda la gente y la felicidad profesional. Yo he disfrutado del gol de Diego viéndolo como un espectador amante del fútbol, y gozándolo como un profesional que he tenido de eso mi dividendo, porque hace veinte años que vengo remando con ese gol, por el prestigio y el reconocimiento de la gente. Es el mejor elogio que puedo recibir del mundo del fútbol.
PM: A partir de ese día, y con más de cuarenta años de profesión, ¿qué lo sigue entusiasmando del fútbol?
VH: Relatar. Para mí el fútbol es una expresión cultural muy fuerte, y en cuanto uno lo pueda embellecer, si es que lo consigue, está muy bien que lo haga. En un partido de fútbol todavía sigo viendo pueblo, fiesta, colorido. Es un gran desafío para mis resortes intelectuales responder entendiendo lo que pasa, diciendo lo que ocurre, y a la vez tratar de tamizarlo y convertirlo en un espectáculo para radio que resulte más o menos entretenido. Generar una sonrisa, una emoción, una reflexión y con esa argamasa armar ese arte pequeño, chiquito, pero arte al fin de cuentas que es el relato de fútbol. Es un desafío para el intelecto, para el golpe de vista, para la facilidad de palabra y el sentido artístico que uno pueda arriesgar con una pincelada.
PM: ¿Qué partidos no vio y se lamenta?
VH: Todos los del pasado legendario. Uruguay en el Maracaná del Mundial del 50, aquellos partidos heroicos de la década del 60 de Brasil. Yo fui devoto de la selección de Brasil del 82, me pareció una selección formidable, y me gustaría ver alguno de esos partidos. Un video que me provocó un poco de fantasía fue el de alguien que había grabado el partido de Argentina – Inglaterra del ’86 con el audio de la radio. Yo nunca lo había visto. Lo pude ver con mi hijo, para él fue fascinante, para mí fue entretenidísimo poder repasar cómo hacía las cosas. Otros partidos viejos que en su momento me perdí, no. Sí preferiría volver a ver partidos que en su momento vi y me entusiasmaron, del mismo modo que vuelvo a ver películas viejas para descubrir qué clase de espectador era yo en ese momento.

:: EN LA OTRA VEREDA
Que el lector incauto no se confunda. El hombre correcto, de tono firme y estampa fina no es un hombre tibio. Sabe donde viven los que quiere tener lejos, y planta bandera.
PM: Usted es muy crítico de los depositarios del poder político en el fútbol, con Julio Grondona a la cabeza. ¿Considera que con la salida de Grondona se podría revertir la situación?
VH: Esto no se acaba con Grondona. Lo perverso va a prosperar en el fútbol. Los canales de televisión, los diarios que tienen detrás, todo el grupo que domina el medio ha establecido que la moral de los dirigentes tiene que ser la que está en evidencia, ya que es la más servicial para sus intereses. La moral grondoniana va a licuarse en décadas. Grondona como persona ya no interesa tanto, sino lo que él ha instalado. Van a haber continuadores con su moral y su ética, todo lo que yo rechazo. Pero hay que entender el fenómeno periodístico de los medios de comunicación que se salieron del cauce de su naturaleza, para avanzar sobre otros intereses y abrazarlos a como dé lugar. Los dirigentes nobles, si los hubiese, están en una trampa. Si se oponen o tratan de ir por afuera, son triturados en tres días desde los medios.
PM: Entonces ¿Cómo se puede trabajar en los medios?
VH: Perteneciéndoles o en la vereda de enfrente. Hay que tener una capacidad de renunciamiento importante cuando uno quiere asignarle el mayor peso posible al valor de su opinión.
PM: ¿Qué espera de los gobiernos?
VH: Poco. Apenas yo detecto alguna forma de poder yo me cruzo a la otra vereda. Inmediatamente que alguien se consolida en el poder surge la mentira, la estafa, el robo, la codicia. No soy optimista con las cosas que se puedan hacer en materia política y cotidiana. Argentina es un proyecto muy difícil de viabilizar a través de la política. Es muy desencantador para mí.
PM: ¿Necesita creerles a los políticos?
VH: Creerles y quererlos. Aunque en la política cuesta demasiado la coherencia, porque la política es negociación y vértigo, y entonces uno sorprende a personas que le habían caído bien en negociaciones políticas que generan rechazo, y sin embargo ya les tiene un cariño, un respeto que supera la discrepancia de aquellos aspectos puntuales. Yo tengo una profunda admiración por Alfonsín, y me he enojado muchísimas veces como ciudadano con él, pero ha sido más fuerte aquel afecto de la entrada profunda que hizo en mi corazón en determinado momento. Respeto a Terragno, a Margarita Stolbizer, gente que yo creo que son un capital en la política, aún con defectos. Las vueltas y vericuetos de la política pueden hacer que el día de mañana alguna de sus decisiones me hagan sentir defraudado. Seguramente me generará desencanto, pero soy bastante sólido en los afectos, porque tardo en construirlos. No soy de espontáneas amistades o de entregas afectivas con la gente.
PM: Se nota ese trato en sus entrevistas. Por ejemplo, siempre trata de usted a los jugadores de fútbol, aún a los juveniles…
VH: Es natural en mí. Yo no soy tuteador, soy usteador. Es una cosa de la gente que no es de la capital. Y por otra parte trato de alejarme de la melosidad. Hay una saludable distancia. El vos o el tú implica una mezcolanza de afectos que se tiene que desarrollar.
:: SOBRE GUSTOS Y PASIONES
De chico siempre soñó con recorrer el mundo, y la concreción permanente de ese sueño le permite el contacto directo con muchas de las cosas que le fueron despertando curiosidad en el correr del tiempo, y lo han hecho lector furtivo y melómano, buscador y promotor, hombre sensato que se permite estremecerse.
PM: ¿Quién lo emociona?
VH: Los artistas. El cine, los conciertos, el teatro. Mozart, porque me llega desde todos lados, el polaco Goyeneche, Piazzola.
PM: Tenemos una mesita con dos pocillos servidos y no hay relojes. ¿Con quién se sentaría a charlar de fútbol?
VH: Con Marcelo Bielsa. Porque voy a charlar de fútbol y a través de lo que él diga de fútbol voy a entender mejor la vida, y voy a querer más a los seres humanos.
domingo, 20 de enero de 2008
domingo, 13 de enero de 2008
viernes, 11 de enero de 2008
domingo, 6 de enero de 2008
domingo, 23 de diciembre de 2007
domingo, 16 de diciembre de 2007
domingo, 9 de diciembre de 2007
domingo, 2 de diciembre de 2007
domingo, 21 de octubre de 2007
domingo, 14 de octubre de 2007
domingo, 16 de septiembre de 2007
domingo, 9 de septiembre de 2007
domingo, 2 de septiembre de 2007
domingo, 19 de agosto de 2007
Víctor Hugo Morales: La voz ilustre
De chico Victor Hugo soñaba con recorrer el mundo. No sólo lo logró, sino que se transformó en un referente del periodismo deportivo. Entrevista íntima de Rodolfo Braceli con uno de los personajes más populares y queridos de los medios. La música, el fútbol, la vida...
La Vida, qué prodigiosa y qué inexplicable. ¿Prodigiosa porque inexplicable? Dejémonos de definiciones, que el tiempo pasa. A propósito, conversaremos con alguien que tiene el cultivado don de aprovecharlo hasta las últimas y próximas consecuencias. Se llama Víctor Hugo Morales desde hace 59 años, es uruguayo por nacimiento y por índole y por frecuencia del mate. Pero es también argentino por la calidad de la cantidad de afecto que supo ganarse por aquí. En estos días tan regalados al encono pueril entre dos paisitos venidos de la misma placenta y sometidos a la misma vulnerabilidad de la globalización, en estos días pocas cosas más saludables que el nombramiento de este yorugua como Ciudadano Ilustre de Buenos Aires.
Definirlo como el relator de fútbol más prestigioso del habla castellana, es decir lo de menos. Víctor Hugo asume un arte que no se aprende en universidad alguna: el de vivir. Sabe que la vida se compone de todo y no se resigna a privarse de nada. Se columpia con deleite entre el álgido gol y la tersura del violín. Transita con igual sed por fútbol, política, ópera, pintura, jazz, tango. Trabaja los siete días de la semana. Aparte de “La mañana”, por Continental, conduce seis programas entre radio y televisión y escribe para cuatro diarios. ¿Es posible tamaña maratón? Su excepcional capacidad de trabajo se explica por su todavía más excepcional capacidad de disfrute. Un detalle: Víctor Hugo no se deja ganar por la frivolidad ni la cómoda impunidad del descompromiso. Ejemplo: su porfiada batalla con el poder del Sumo Grondona, ese jerarca que, FIFA mediante, se autodenonima “vicepresidente del mundo”. ¿Es un invulnerable hombre perfecto? Para nada. Escuchémoslo.
– Se te nota la vergüenza, Víctor Hugo.
–Muchísima. Ya no tengo nada para declararte y…
–Huyamos.
–Sería lo mejor.
–Pero como decía Belmondo en Sin aliento, ya es tarde para tener miedo. Estamos peor que en la pecera de Gran Hermano… Saltó el temita. Veamos. ¿Tanta desesperación por morder la fama indicaría que el anonimato es insoportable?
–El anonimato me parece soportable si se tiene una buena preparación cultural; pero no sólo la de los libros. Quienes no tienen esas defensas altas ven, en la salida del anonimato, una justificación de su existencia. Ninguna persona que sepa dónde está parada, necesita de la popularidad para ser feliz. El que ha trascendido algo sabe que cuando se llega no se llega a nada.
–¿Y la necesidad de reconocimiento?
–Fama y dinero no la resuelven. Hablo por mí: el reconocimiento que me importa se limita a doce personas a las que les debo la calidad de persona que yo debo ser.
–Tu hija Paula participó de “Bailando por un sueño”. ¿Qué sentís si te pregunto…
–Que es pertinente. Mis hábitos me sacaron del mundo televisivo. Si viera esos programas sentiría un poquito de vergüenza ajena…
–¿Te referís a tu hija?
–Hablo en general. Y acepto la pregunta... Yo concibo la relación con mis hijos desde la libertad: que hagan lo que quieran, siempre y cuando no se ocasionen daño a ellos o a los demás. Paula eligió ser conductora, modelo, vive de eso, creo que sin menoscabo de su vida personal… Uno pone a los hijos en marcha, arma algún cuadrito sinóptico de sensibilidad, alguna idea general de la vida, y después nada más para hacer.
–Simplificando, parecería que Víctor Hugo lo tiene todo.
–No existe quien lo tenga todo; aún esa persona tendría miedo. Por los hijos. Si por algo me gustaría instalarme en los años 60 es para recuperar la sensación de nuestros padres de que por algún lado íbamos a hacer pie. Sabían que íbamos a encontrar un camino; porque había caminos. Hoy es muy selectivo el mundo. Por otra parte, yo me crié con la ventaja de no tener nada, muy distinto es el caso de mis hijos… Sí, tengo miedo: los siento un poco ingenuos para la salvajada que es hoy la vida… Sale mi hijo a las dos de la mañana, y yo me mando una rezada. Los siento como hojitas en el viento.
–No te hacía rezando.
–Sí, rezo siempre. Cada vez.
–¿Y los miedos hacia vos?
–Tengo miedo de hacer algo en la radio muy equivocado, cometer una gran injusticia.
–Alguna vez me dijiste ser muy dependiente de lo que los demás piensan de vos.
–Eso sigue igual. Tengo mucho miedo a defraudar expectativas. Me halaga si la gente me saluda, pero sé que yo podría ser el peor de los tipos y bastaría que fuese conocido para que me saludasen. Aunque me da gusto advertir que hay quienes me saludan porque a través del profesional ven a un tipo que, si es como parece, es un buen tipo. Me importa qué piensan los que trabajan conmigo, qué piensa la señora que trabaja en mi casa: ¿soy un ogro que le hace temblar el plato en la mano o una persona que la respeta?
–¿Cómo te llevás con el arte de mandar?
–Nunca tuve ni el título de jefe de deportes. Dependo del manejo que otros hacen con mi tutela general. Lo único que tienen que cuidar es que haya buen clima de trabajo. Si mi hermano José, o Fabiana Segovia, o Heber Hernández no generan ese clima, me estarían traicionando… Trabajo de una manera muy plural. Ni siquiera es generosidad, tomo lo mejor de cada uno. Y todos tienen un momento de felicidad profesional. Además, vienen muchachos que piden trabajo, y tengo muy presente cómo yo pedí mi oportunidad. Sé cómo los maltratan en otros sitios. Nadie conmigo va a sufrir eso.
–Te estoy viendo: te declaran Ciudadano Ilustre. Llorabas como niño.
–Y eso que me preparé concienzudamente para que no me ocurriese. Le pedí a Adrián Paenza que hablase de la manera más austera, pero mis lágrimas salían… Recuerdos como relámpagos… yo debuté acá el 18 de febrero del 81, viajé en avión. La tardecita, y empieza a dar vueltas porque no le dan pista… La contemplación de Buenos Aires y una pregunta: ¿cómo levantar cabeza aquí? Sentía un enorme miedo, porque si yo volvía con el caballo cansado al Uruguay eran dos los fracasos, el de acá y el del retorno… Estoy viendo a Buenos Aires… una bella sábana amarilla, imagen fortísima, paralizante. Otra imagen, la del miedo atroz el día que debutaba como relator. Me repetía: ¿Y si no le acierto con quién convirtió el gol?
–¿Cuál fue el primero que gritaste?
–Boca y Talleres de Córdoba… Mi primer gol, increíble, fue también el primero que hizo Maradona, debutaba en Boca. Debo decirlo: he caminado del brazo de Diego los ítems más importantes de mi vida. Y el gol que me consagra en el corazón de la gente es el gol de Diego a los ingleses.
–Cuando quedaste sin aliento, fuera de sí.
–Varias veces pedí disculpas por mi total desborde…
–Ya Ciudadano Ilustre, nombraste a dos ausentes: Norberto La Porta, fallecido, y Maradona, ese día internado. Dijiste Die… y la última sílaba fue succionada por tu corazón. Qué paradoja: te quedaste sin el go de Diego y de gol.
–Es que sin Diego mi vida profesional no hubiera sido la misma.
– Ser Maradona inhumanunt est. ¿Cómo se hace para ser Diego y no estallar en el intento?
–No hay manera, es un ser tocado por un rayo divino. No es solamente lo que juega. Es lo que dice y piensa.
–Tus sueños, ¿se parecían a esto?
–Nada. Soñaba con recorrer mundo. Uno de los primeros lances que pensaba tirarme era ser marinero... Mi vocación era andar. Y se mantiene, porque para mí cada viaje no es distinto del primero en cuanto a la ansiedad y fascinación… En Cardona me iba a la estación; el tren era el viaje a algún lado. Me atraía ver la última casa del pueblo, pasar ese límite.
–Tu forma de disfrutar es un viaje. Llegás a entristecerte por ya haber visto cierta película.
–Sí, cuando veo una buena película me da pena habérmela gastado. Me pasa.
–Tu aprovechamiento del tiempo es feroz. ¿Qué darías a cambio de días de 27 horas?
–No tengo contraprestación. Las 24 están bien. El eje del trabajo es extraordinario también para disfrutar… Lo que sí pediría es que los lunes no sean tan desgraciados, tan flacos de ofertas. Pero no me toman desprevenido, me ocupo de construir el próximo placer…
–¿Y la mentada tristeza de los domingos a la tarde?
–Para mí está hecho del relato de los partidos, después escribo las notas, inmediatamente, al cine o al teatro. Hay que asegurarse que el placer no tenga un límite. Siempre me construyo lo que sigue. Por ejemplo, después de esta charla, voy a mi programa de radio, después me meto en un cine con mi mujer y mi hijo, después a cenar y a descansar, pero sabiendo que ya clavé todas las banderillas que el cuerpo aguanta.
–Tanta disponibilidad para el disfrute, ¿deja alguna rendija al pensamiento de la vejez?
–A la vejez no le temo. Es un alivio al agobiante machismo; aprendí que la verdadera víctima del machismo es el hombre. Ya tengo muy claro lo que me da placer; estoy muy contento de estar saliendo de angustias, errores, tentaciones...
–Sin tentaciones, ¿la vida tiene sentido?
–Tiene. El arte es un refugio excepcional.
–Fuera del miedo por los hijos, ¿qué otros?
–A quedarme sordo. Por eso me saqué los auriculares para trasmitir… Ante la edad tenemos el arte, los amigos, la lectura. Estoy muy a buenas con el paso del tiempo. Gracias a Dios, hago mi entrada a la tercera edad con una cierta salud, fanatizado con mi partidito de tenis. Cuando no tenga tenis, mala suerte.
–Jugarás al ajedrez sin agitarte.
–Jugaré al ajedrez. Lo lúdico no lo voy a perder nunca. No conozco otra persona con mayor tendencia a lo lúdico que yo. Lo que vamos a hacer después, la jugada siguiente, es muy importante: lo que viene después ya nos hace felices…
–Cuando la estás pasando de putamadre, ¿también proyectás?
–Sí, para que no me quede inmediatamente el vacío... Para no ser ganado por la nostalgia de lo muy bueno ya sucedido me obligo a un gran combate. Precavido, construyo lo próximo… Mi familia vive al trote conmigo…
–Juntemos fútbol con música. Te propongo armar una selección.
–Mozart va de 10, seguro. Mozart, el iluminado, el Diego... Beethoven va de 8, sería un Burruchaga, talento más trabajo. Bach de back central, donde nace toda la música… Distribuidor, enseñador, un gran número 5 podría ser Verdi: toma de todos y da a todos, un Checho Batista.
–¿Arquero?
–Mejor sigamos con el centro delantero. Hay tantos… podría ser Gardel.
–¿Pondrías línea de cuatro?
–Tal vez Los Beatles. Ah, y Piazzolla como arquero, porque ¿dónde lo pongo? No puede ir por los costados, Astor es muy central.
–Al que te va resultar difícil incluir, salvo que vaya al banco de suplentes, es al Polaco Goyeneche… No lo veo corriendo al sumo asmático.
–Sí, claro. Tendría que centrarme en lo operístico. Laterales que jueguen al lado de Verdi podrían ser Bellini y Donizetti. Otro que veo como centro delantero es Rossini, el tipo que vivió como un bacán. Otro lateral, Schubert, porque tiene una cierta oscuridad ese puesto. Schubert es el tipo de la historia de la música que más ternura me provoca: no le fue bien en nada. Todos los demás tuvieron una vida difícil pero con mujeres, reconocimiento, plata... Ah, tampoco lo puedo dejar afuera a Schumann...
–Bueh, ahora hablemos de las benditas pasteras.
–Es sencillo: busqué quién tenía razón. Le creí al gobierno uruguayo y a personalidades de acá, como Enrique Martínez del Inti, que opinaron que las pasteras no eran contaminantes. Me afilié a la idea de que no tienen por qué serlo si se establecen los controles.
–¿El conflicto te perturbó?
–Cuando escribí para La Nación, noté que a algunos les cayó mal... Alguien en la calle me pasó una factura. Y la gente de Gualeguaychú no debe estar contenta con mi punto de vista. Yo creo que Uruguay es víctima de una tremenda injusticia, se lo acusa por anticipado. En cuanto a Gualeguaychú: yo, en algún sentido, soy hincha de lo que han hecho allí: cómo un pueblo cuando se une puede despertar a todo un país… Pero, aun considerando lo positivo, digo también que se continúa en la hipocresía de seguir peleando mientras en la Argentina hay pasteras que sí hacen daño y no tienen controles.
–Dejemos de lado el conflicto. En relación a los estragos del monocultivo, a la extenuación del suelo y de las napas de agua, Uruguay, hacia adelante, ¿no estaría ante una situación preocupante?
–Lo mismo se puede decir de la soja en la Argentina.
–Lo mismo sí, pero ésa es, a la corta o a la larga, la consecuencia. Como se suele decir, la bonanza de la soja vendría a ser como la bonanza de la Convertibilidad. Después se paga.
–Yo no tengo bien estudiado cuánto del territorio uruguayo puede ser tomado por los cultivos para las pasteras, pero conozco cómo vive mi pueblo y los cercanos a Fray Bentos. Están en la última. En consecuencia si el trabajo viene, viene... Porque de la otra manera igual se mueren...
–Habría que buscar por otro lado.
–Uruguay no tiene otro lado. No tiene mercado interno, compite desigualmente con Brasil y Argentina, carece de fortaleza industrial... Parte el alma ver en qué se han convertido esos pueblos…
–Mirando el mundo y su futuro, ¿qué sentís?
–Gran escepticismo, no quiero ni pensar lo que será el mundo dentro de veinticinco años. Cada vez más candidatos con menos oportunidades. Me parece que... también por eso es una tibieza acogedora la vejez. Trato de fortalecerme; si miro la vida tal como es me gana una inmensa tristeza.
–Hace cuatro años me hablaste con optimismo de Kirchner. Te leo lo que dijiste: “Kirchner y varios de sus ministros me provocan una gran simpatía por lo que han urdido estos meses”. Citando a José Num, opinabas: “Kirchner ya despertó la furia, no desatada pero latente, del establishment y toda la corporación de derecha. Despertó muy rápido a los enemigos, tendrá que lidiar con la impaciencia, lógica, de la gente. Me seduce que intente gobernar de acuerdo a sus convicciones”.
–Estoy muy de acuerdo con lo que dije. Porque entonces Kirchner combatía a Scioli. Hoy dice “aquí tenemos al futuro gobernador de Buenos Aires”. Ha recorrido un trecho con las miserias que da el poder. Con Kirchner estamos frente a un personaje que, con varias buenas intenciones (derechos humanos, repartos que no ha conseguido pero que tiene en mente), surge también el tipo que lanza a Scioli, y acuerda con algunos medios de comunicación perversos. Negoció con tipos del periodismo que significan lo peor que éticamente puede tener la profesión. Con esto empezó a morir este criterio mío de defensa de Kirchner. Pero tampoco me siento tan supercrítico.
–Tu opinión sobre el advenimiento de Macri hace cuatro años no era nada buena. Textual: “La derecha crispada se ha aglutinado alrededor de Macri, porque López Murphy se les desvaneció. Lo que viene es muy bravo, azaroso”. ¿Y ahora?
–Si se plantea la instancia Kirchner o Macri yo sigo prefiriendo a Kirchner, por lo que cada uno encarna. Pero no me olvido que Kirchner en este momento es Cristóbal López, un tipo que gana 14 de 16 licitaciones en su provincia. Y es el destrato de Tayson a un peso pluma en la relación con Uruguay… No estoy en la vereda de enfrente, pero creo que a Kirchner lo ha jorobado haber tenido mucha sobreactuación. Comprendió que el neoliberalismo hizo mucho daño. Pero tarde.
–¿Cómo considerás al Macri ganador en la capital?
–Macri no tiene una fuerte formación política. Él no puede decir, por ejemplo, que la inseguridad se multiplicó por cinco en los últimos diez años y creer que va a controlar eso sin analizar las causas sociales que la provocaron… Nada que sea justicia social va a estar en la carpeta de Macri. Es decir, él es hincha de este mundo como es hincha de Julio Grondona. Porque Grondona ayudó para que dentro del fútbol la sociedad fuera todavía mucho más que una metáfora de la realidad.
–¿Cuál sería la traducción de esa metáfora?
–Consiste en que los que tienen mucho tienen cada vez más, y los que tienen poco tienen cada vez menos. Macri construyó su figura política en función de los triunfos de Boca, que se produjeron por la abismal desproporción que Grondona creó. Macri apoya a ese Grondona elegido por los que están recibiendo todos los beneficios.
–Más de una vez te escuché entrevistar a Macri. No me pareció que le tuvieras antipatía.
–Es así. Hace tiempo en una charla al aire me dijo: “Víctor Hugo, usted me va apoyar ¿no?” Y yo le contesté: “Si usted Macri leyera lo que he escrito en mi libro y escuchara lo que digo, debiera saber que aunque le tenga estima, en lo político no tenemos nada, pero nada que no nos separe.”
–A Scioli lo definiste como “un ser absolutamente menor políticamente”. Pronto puede ser gobernador de la mayor provincia… ¿Y?
–Sigo pensando exactamente eso. Ahí está también una situación desencantadora de Kirchner: es tan un animal político, que aquello que le sume votos está bien.
–¿Encontrás políticos que conjuguen capacidad de trabajo, decencia, imaginación?
–Los hay. Para nombrar uno, Rodolfo Terragno. Es el que más me seduce pensando en el futuro. Pero no es un animal político.
((( Paréntesis. ¿Cómo es el señor Morales cuando relata? Allá vamos: cabina, cancha de River. Pega dos papelitos sobre el cristal: detalle de los partidos y formación de los equipos. El micrófono, en la mano izquierda. En la derecha, el hueco para que venga el mate. A un lado Alejandro Apo; al otro, el locutor, Luis Difonti… Víctor Hugo trasmite en colores. Se enoja con el cielo porque un “techo de nubes impide el sol”. Y hace el primer reclamo, al sol. Todo lo que viene excederá al relator: será el director de una sinfónica invisible. Les habla a los hinchas: “Ustedes son los primeros clientes del domingo”. Un chiquilín lo saluda. Recuerda: “A su edad yo era como él, alto y flaquísimo. Me dolían los huesos y me ponían inyecciones de aceite de hígado de bacalao. El hospital quedaba cerca de mis abuelos; encontré el pretexto para irme del pueblo”.
El partido ya sucede. Víctor Hugo, tejiendo el imprevisible fútbol, a velocidad alucinante es un pintor del aire, hace guiños, imagina diálogos entre los jugadores en la fricción del corner, reflexiona y siempre relativiza la epopeya del gol avisándonos que la vida es eso que pasa en la cancha, pero también es todo lo demás. El maestro de ceremonia confiesa sus claves: “Yo pongo voces en el aire. Las barajo. Juego con ellas. Combino una voz aguda con una grave.” Detesta las frases memorizadas. Ama el riesgo, cuida la virginidad de la ocurrencia.
Minuto 27. Empapado, toalla al cuello. “Partido tan gris como la tarde.” No se resigna, desenvaina otra de sus claves, hace de adivinador: apuesta cuando vaticina que fulano “esta tarde jugará su mejor partido”. Apostó cuando relató su primer gol y anticipó dónde patearía su penal Maradona. Apuesta cuando emplaza al sol para “¡que salga de una vez!”. Crea suspenso, arriesga saltos en el aire. Siempre sin red. Vamos viendo: este relator es también actor y es guionista y hace guiños como el titiritero que dice “ojo, esto es cierto. Pero ojo, esto no es cierto”. Y es un porfiado canciller que sigue gestionando sol para que ¡sea la fiesta! Siempre, al compás del mate. (¿Cuántos mates puede tomar un ser humano?)
Todo llega, así en la cancha como en la vida. Y también el gol... El grito se eleva, planea, desciende, y ya a punto de extinguirse ¡remonta! El grito construye su propia eternidad. Con él va todo: amígdalas, corazón y alma. Verlo para creerlo: durante el alarido crucial, ¿un cable de altísima tensión le atraviesa el pecho? Uno queda exhausto de sólo mirarlo. Ese grito es una epilepsia al revés: la epilepsia del júbilo. Una temeridad. Dan ganas de decirle: “No lo haga otra vez. Cuídese, por favor. No olvide: usted es padre de familia.”
Pero esto no es todo. El árbitro sanciona en el equipo chico algo que dejó sin sancionar en el equipo grande. Y se reproduce aquello de que cuando los ricos se vuelven más ricos, los pobres se vuelven más pobres. Y dice Víctor Hugo: “Estamos haciendo un fútbol demasiado desparejo, injusto, demasiado parecido al mundo…” Y en eso está cuando de pronto sale el tan reclamado sol. Y lo celebra reflexivamente: “¡El sol, al menos el sol para todos!” )))
–¿Cómo ves la profesión de periodista deportivo?
–Su independencia corre creciente peligro. Miles de jóvenes se lanzan a estudiar periodismo. Esto sucede mientras la ética, la independencia de criterio y una verdadera formación cultural se destacan por su eclipse.
–En el 98 publicaste Un grito en el desierto. ¿Por qué este libro ajeno al fútbol?
–Para poner en orden mi disconformidad. Busco leer lo que pasa en el abajo. Allí la dignidad tiene un menoscabo casi diario.
–¿Y la capacidad de soñar?
–Cuando se achican tanto los márgenes de dignidad se achican los sueños. La conducta humana bajó en todos los niveles.
–Suena apocalíptico. ¿Hay salida?
–Sí, a partir de la dignidad expresada en focos de resistencia, en cada familia y en cada célula social. Hablo de la resistencia que pasa por la lucidez. Aunque duela. El planeta se debate contra un pensamiento uniforme: el mundo es para 5 personas de cada 100, para 3 países de cada 20.
–Si te acusaran de pesimista incurable, ¿qué responderías?
–Más grave sería que me acusaran de indiferente. Tan pesimista no soy: todavía creo en la dignidad.
–¿Alguna envidia?
–A los creadores. Me hubiera gustado ser alguien como Hemingway... Creo que más importante que haberme hecho relator resulta para mí la felicidad de no haberme hecho abogado.
–Buen momento, para hablar de tus padres.
–Víctor Vicente y Coca, Irma Nelly. Él, un hombre con mil discursos no dichos y la ternura guardada... Trabajó en un horno de ladrillos, en la compañía telefónica, cumplidor, respetable, un rebeldón manso, frecuentador del boliche, el truco y alguna alegre borrachera... La relación que tuvimos la construí yo… Muy distinta mi madre: tremendamente social, inhábil de todas las habilidades respetadas como propias de la mujer, activa en la política, adelantada feminista, también bochófila, quinielera, queridísima, enfermera de salir a las dos de la mañana para ayudar... Murió a los 48; con ella hice la primera locución por un altoparlante callejero, a los 10 años. Siendo tan diferentes, mis padres terminaron divorciados.
–¿Qué sacaste de él, qué de ella?
–Me juzgo bien derecho: eso de mi viejo. La fuerza para escaparle a la chatura pueblerina: eso de mi vieja... Pero alguien más me influyó fuerte: don Ernesto Díaz Tarilla, profesor de historia, humanista de izquierda y cristiano, nos enseñaba a odiar la pusilanimidad, esa usina de las dictaduras. Yo, gracias a don Ernesto, estuve en las Cruzadas. Y vi morir a Ricardo Corazón de León.
–¿Y tu tiempo para la lectura?
–A mí los aviones y las demoras no me angustian: momento para leer. Desde Antonio Di Benedetto, pasando por Martín Caparrós, a Yukio Mishima.
–¿Qué añorás de tu pasado?
–Las fiestas familiares… Mi abuela tenía como quince hijos desparramados y todos se juntaban en una casa de Montevideo, casualmente a cuatro cuadras de Beatriz de Nava, la que después sería mi mujer y madre mis hijos Paula, Matías y Camila... Los 15 o 16 de diciembre empezaban a caer mis tíos… Acordeón, guitarras, todos eran muy chupines… y había pasteles y tengo ese olor metido entre ceja y ceja…
–¿Cómo se hace para saltar del fútbol al Colón?
–Puedo hacerlo sin que en eso haya mérito. En todo caso soy un privilegiado. El bienestar espiritual actúa como una adrenalina positiva que te empuja a más… A mí me gusta hacer tantas cosas… pero es tan corta la vida. Yo pensaba que la vida es un rato; después mi di cuenta, es un ratito… Cuando pienso que ya dormí 17 o 18 años de mi vida, ¡pucha, siento desconsuelo!
–Cerrá los ojos, mirá muuuy lejos. ¿Qué ves?
–Tengo unos tres años... Voy meciéndome entre trastos viejos, arriba de un camioncito destartalado. Nos mudamos del pueblo al campo, vamos al rancho de mi abuelo materno, el lechero... Allí voy, en medio de esos objetos familiares, abrasado por un sol intenso. Miro hacia arriba, mucha claridad a mi alrededor, tanta que me ciega y no veo ni campo ni vaca ni nada.
–Volvamos. Cualquiera diría que Víctor Hugo tiene la llave de la felicidad.
–Me da mucho miedo decir felicidad, sobre todo si recuerdo cierto poema de Manuel Scorza con el que cerré mi Grito en el desierto: mientras haya alguien que “mira el pan con envidia, el trigo no podrá dormir”.
Fotos: Daniel Pessah y gentileza Victor Hugo Morales
Perfil
- Víctor Hugo Morales nació en Cardona, Uruguay, en 1948. A los 14 años, ganó un concurso de locutores en su pueblo.
- En su país trabajó en Radio Colonia y Radio Oriental, y también en el programa televisivo Telenoche 4.
- El vínculo con el periodismo argentino nació en 1981, cuando se incorporó a Radio Mitre. Allí, formó parte de Sport 80 (uno de los programas deportivos más recordados de la historia), junto con Adrián Paenza, Fernando Niembro y Diego Bonadeo, entre otros.
- Actualmente, conduce “La mañana” y “Competencia”, en Radio Continental; “A título personal”, en FM Nacional Clásica, y “El primer clásico del domingo: Piazzolla”, en Radio Nacional. En TV, encabeza el programa “Hablemos de fútbol”, por ESPN. Además, escribe para los diarios Jornada (Mendoza), El País (Uruguay), Perfil y La Nacion.
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