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lunes, 20 de junio de 2011

"El hombre del arco de la victoria", la columna de Víctor Hugo para "Tiempo Argentino"

 No necesitaba Martín Palermo de otro gol de la victoria, ni de otros 100 para convertirse en leyenda o entrar en la historia. Hace años que coquetea con que su apellido se quede para siempre en el fútbol.
Este cronista recuerda una foto publicada en la revista uruguaya Fútbol Actualidad, un clásico de la literatura deportiva del país: Aníbal Ciocca, un histórico entreala de Nacional de Montevideo, comenzaba el descenso hacia el túnel con el brazo en alto, la tarde de su despedida. Desde entonces, le duelen los adioses. Era un muchacho apenas, o ni siquiera eso, y Ciocca se iba hacia el nunca más, con la imagen alta de la tribuna, aplaudiéndolo por última vez. ¿Cómo habría sido –se preguntaba este columnista– que se desató los zapatos? ¿Lloraba o aún no se daba cuenta de toda la tristeza de ese acto tan sencillo?
El fútbol argentino vive, por estos días, varios adioses. Y entre ellos el adiós portentoso y mediático de Martín Palermo, y una nostalgia anticipada recorría la atmósfera en el domingo gris de Buenos Aires de su adiós en la Bombonera, o en el del sábado postrero en el que por vez final tomó la pelota, miró el arco adversario, fisgoneó y ejecutó. La expectativa de un gol, o dos, que lo dejase solo en el quinto casillero de los goleadores de la historia, e incluso otras hazañas solamente esperables en ese flaco, rubio, de zapatos multicolores, quedaba en el segundo plano a la hora del balance de la vida de un extraordinario goleador, un espécimen de esa raza inexplicable de jugadores modestamente dotados, pero perspicaces en las áreas, afortunados cazadores de rebotes, tenaces y pacientes para esperar el error de los zagueros cuando atardecen los empates.
No necesitaba Martín Palermo de otro gol de la victoria, ni de otros 100 para entrar en la leyenda. Hace años que coquetea con que su apellido se quede para siempre en el fútbol, aunque al quitarse los zapatos, anoche, haya sentido una tristeza parecida a la sombra de una nube que tapa el sol a su paso. Una duda, un temor, un ¿y ahora, qué…?
Hay algo de Aquiles en la vida de los jugadores, glorificados en la juventud, pero luego condenados a la muerte temprana. Es el precio que ellos deben pagar por vivir de lo que más les gusta, por hacer lo que todos sueñan en un mundo en el que los primeros plazos cumplidos son los que anuncian que ya no jugaremos en la primera división. Martín Palermo se va querido por la gente. Como cenizas volcánicas se fueron diluyendo los errores cometidos, los actos equívocos, los goles bobos y los penales malogrados.
La imagen final es la de un hombre que pasa por el arco de la victoria con una corona de laureles; un hombre rubio, emperador, el brazo en alto, siempre el triunfo sonriéndole a la gente y a las cámaras. El goleador de las dos últimas décadas, el autor de novelescas acciones como goles desde mitad de la cancha o apoyado en muletas al volver de una lesión. Justamente a él le tocó en suerte el gol emocionalmente más fuerte de los que festejó la Argentina dirigida por Diego Maradona en la última frustración mundialista. Un predestinado del gol así fuesen atrabiliarias acciones del área menor, o asuntos de vuelo combado y oblicuo como su estético remate del gol frente a Quilmes la semana anterior.
Un pájaro elevándose frente al arco en los remos de sus propias alas, o vencedor en el forcejeo titánico con esos impiadosos defensores. Quizás aquella sea la escultura que ya le están preparando. Un grupo de figuras que luchan y un titán que, como en las plazas de las ciudades, domina la fuente. Fue él quien aceptó con humildad la llegada del otoño y aprovechó las últimas tibiezas de las tribunas de su estadio para decir, finalmente, adiós.
El hombre de los múltiples retornos, sabe que esta vez el adiós es para siempre, aunque el domingo que viene, puntualmente a las tres de la tarde, le parezca que él también sube los escalones hacia ese círculo de cielo y de sol, hacia ese miedo y ese sueño, hacia ese césped y ese cemento, para zambullirse en el griterío y la esperanza de las multitudes.

lunes, 13 de junio de 2011

"El mejor de todos", la columna de Víctor Hugo para Tiempo Argentino

 Debería haber jugado un partido extraordinario. Tendría que haber ganado por goleada, provocado el éxtasis de sus fieles seguidores. Debería haberse consagrado en una cancha a reventar, vibrante, rebosante de energía y festividad. Vélez merecía un final con estadio lleno. Una consagración propia del mejor de todos. De un cabal campeón.
Pero no fue así. No lo fue desde el mismo comienzo de la tarde. Quizás fue el rebote del sol de otoño en las tribunas tan blancas del estadio de Huracán, el horario de siesta que se ofreció al partido. Acaso fue que Vélez siempre supo que cuando quería lo ganaba, o la certeza de Huracán sobre su inferioridad manifiesta, dolorosa. O por ahí ocurrió que se demoró el gol más de lo aconsejable. Vaya uno a saber. Pero qué espectáculo tan desprovisto de categoría el que ofrecieron durante el primer tiempo los muchachos de Pompei y Gareca, ambos equipos, en una tarde casi decisiva para la suerte de los que buscaban el título o evitar el descenso directo, pero indiferentes a esas suertes tan encontradas.
Ni Vélez moría por ser campeón, ni a Huracán le partía el corazón su descenso lento a los abismos. Y así le gastaron a la tarde la primera hora del partido. Porque hasta que empezó el segundo tiempo, podía decirse que era una suerte la ausencia de la gente. Pero apareció Santiago Silva. Olvidado de su propio resbalón en la Copa Libertadores, evitó que Vélez pisara en falso y que el tedio se devorase el ímpetu imprescindible que era necesario para ganar el partido. El cabezazo en el segundo palo, desde atrás de un arquero que salió a manotear una pelota que se alejaba del arco, vino a salvar el partido.
Iban seis minutos y lo que vendría después ya sería algo mucho más cercano a las expectativas. Sin que ningún jugador se destacase, el colectivo de ambos equipos funcionó mejor y el espectáculo se fue armando hasta alcanzar su cresta en los minutos finales, cuando Huracán tuvo alguna chance de empatar y Vélez unas cuantas contras prometedoras. En una de ellas, hubo un penal y David Ramírez bajó la cortina. Los de Vélez se fueron al living a esperar a Lanús. Tenían muy bien en claro que si los Granates perdían con Argentinos, seguro que había que salir para el Fortín de Liniers  a participar de un festejo que los velezanos merecen como nadie en el fútbol de la Argentina de hoy.

LA VE AZULADA EN EL CORAZÓN.  Vélez merecía un final con estadio lleno, con la definición a la misma hora, con la vuelta olímpica en la cúspide de la emoción, pero no pudo ser.
El fútbol, que con su jerarquía institucional el propio Vélez reflota a la mejor consideracion, le fue esquivo para valorar una imposición que si no es brillante como en otras ocasiones, tiene la consistencia de lo indiscutible.
La solidez tantas veces mencionada de la institución, la capacidad de Ricardo Gareca para hacer del equilibrio una faceta también futbolística, y un plantel que se acostumbró a jugar a lo grande, son el sustento de un triunfo que nadie objeta, que se respeta como la conclusión más afín con las utopías que se tienen para el fútbol como para la propia sociedad.
Lanús, otro de los grandes de la época del fútbol austero, se prendió a la ilusión un poco tarde. Macaneó puntos en una etapa en la que no soñaba con una participación tan lúcida y fue allí, no ayer, que resignó su chance. Pero le dio al campeonato una emoción final, un dejo de incertidumbre, que lo deja en el plano más alto de la consideración. Con Vélez, con Estudiantes, conforman un trío de clubes que son el ejemplo de cuanto hay para hacer de bueno, a partir de una ética institucional que luego se traslada a las canchas.
Habrá siempre un vaivén en las tablas, pero en todos estos años se alejaron del pelotón, que aún arrastra los males engendrados por un fútbol que vive sin controles, y ante los cuales los resortes éticos, propios de cada club, son la mejor defensa para seguir siendo grandes. Se ganen o no campeonatos.

lunes, 6 de junio de 2011

"Predestinados", la columna de Víctor Hugo para Tiempo Argentino

 Por Víctor Hugo Morales
Para Tiempo Argentino

Hay destinos que se cumplen inexorables. Hay un hombre que va a ganar Roland Garros y vence, porque siente como ningún otro que ese es su destino. Hay otro hombre que sabe que su ventura es el gol. Y lo convierte, porque entiende que su oportunidad siempre llega. 
Uno llegó a seis, lo cual suena disparatado, aun si otro, llamado Borg, alcanzó antes semejante récord en el polvo legendario de los courts franceses. El otro se abraza a un número impensable para la época de 227 goles y entra a la historia para codearse con los apellidos más ilustres de su metié. Rafael Nadal surfea en la cresta de la ola de su fabulosa carrera y Martín Palermo ve su propio ocaso en la luz decadente de los domingos a la tarde, pero sabe que, como Nadal, será nombrado para siempre, que ya es eterno. El mundo y el tiempo y el polvo hundirán los nombres de miles de nombres que estuvieron pugnando por ingresar a ese túnel de la eternidad, tan pequeño como el tronco de un árbol lo es a su frondosa copa.
Nadal postergó la resurrección de Roger Federer, el mejor y más estético de los jugadores que el tenis haya tenido, con una victoria sustentada en la enorme convicción de que al mejor de todos, el único que le gana es él, porque tiene la fórmula que, como ciertas gaseosas o mostazas, es única, y sólo la sabe una persona. Palermo resucitó a José Sanfilippo que en el living de su casa sintió que la fama lo acariciaba de nuevo, aunque más no fuese para quitarle un premio que los tiempos parecían haberle concedido para siempre.

PARÍS Y QUILMES. Desde el Sena, uno de los accesos a Roland Garros es a través de la Rue Jean de la Fontaine, cuyo nombre remite a quien propició que, desde hace 300 años, se diga que es fabuloso aquello que de otra forma no puede designarse. El 2011 ha sido un campeonato de fábula. La tarde del viernes, cuando Federer superó a Djokovic, Guillermo Caporaletti, Guillermo Salatino y Oscar Moro, viejos lobos de mar en el mundo del tenis, cronistas de una actividad que conocen como nadie, juraban que no se había visto un tenis semejante. Se miraban de cabina a cabina, buscando una explicación para esa fiesta que degustaban como si fuese la primera. Este otro periodista, al escribir la nota, rememora un momento que describe lo que allí sucedía. Tomando la cancha desde un lateral, al levantar la vista se descubría el tablero electrónico con el resultado. En un largo punto, el firmante olvidó cómo estaban en ese juego, si 30 iguales, o algo así. Entonces quiso levantar la vista, nada más que el tiempo de un pestañeo y no pudo. Las largas líneas trazadas en cada pelota, llegando al fleje del fondo de la cancha, la belleza extraordinaria de la geometría de cada lance, el accionar endemoniado, la velocidad supersónica, impidieron esa mirada tan necesaria para pautar el momento. Así jugaron aquella tarde.
En la cancha de Quilmes el partido tenía al modesto equipo local envalentonado y seguro de que si se tenía que ir al descenso, dos consuelos se llevaba. El de saber que siempre vuelve a Primera, y el de la batalla ejemplar que ofrecía. Estaba todo bajo control a punto tal que la esperanza de una goleada se había sentado en las tribunas azules de los cerveceros. Entonces, una jugada sencilla, un hombre temido pero en el área toma la pelota muy lejos del arco. Casi nada de su curriculum hacía pensar que desde allí podía inventar esa curva satánica de una pelota que como un pájaro suicida empieza a buscar la red para estrellarse. En frío, inesperado para los defensores, para el arquero, y para los espectadores y los relatores, Palermo, cambió la historia del partido. Lo que podía terminar en 3 o 4 a 0, se firmó después en la planilla que había sido un 2-2. Palermo un elegido, lo había hecho posible. Lo que era un domingo más de tantos se convirtió en el que las historias y los estadísticos recogerán como el del partido aquel en el que Palermo alcanzó a Sanfilippo en el quinto lugar entre los goleadores de toda la historia. Los Juan José Lujambºio de los años venideros, hablarán miles de veces de esa tarde cualunque de ayer cuando Palermo anotó uno de los mejores goles de su vida por la calidad del tiro y por el numero alcanzado.
Este cronista no vio la final de Francia, porque a esa hora ya estaba en Quilmes y París era un recuerdo grato en su piel lacerada por el sol impiadoso de esos días de tenis bajo un cielo sin nubes. Pero cuando se enteró de la victoria de Nadal, pronunció un pronóstico que, no por incumplido cabalmente, dejo de ser verdad: “Y ahora Palermo mete dos goles... estos tipos son así.” Unos predestinados.

lunes, 16 de mayo de 2011

"El predestinado glorioso", la columna de Víctor Hugo para Tiempo Argentino

  El relator camina dos horas antes del partido desde el estacionamiento hacia la entrada de la Bombonera. Cientos de hinchas xeneizes piden que relate “bien” el gol de Palermo. “Uno a cero, gol de Palermo.”“¿Se va con un gol Martín, no?” Parece que todo el mundo tenía la única certeza del gol de su número 9. Si Boca perdía, sería 2-1, porque el ídolo no se podía despedir de un clásico sin dejar su marca. El cronista decía que sí, “que cómo no...”, de la misma manera que prometería lo contrario si hubiese ingresado por una puerta de River. Pero pensaba lo mismo. Que Palermo convertiría un gol. Un asunto del que estaban enterados también los fotógrafos, los alcanzapelotas y los jugadores de River.
Sin embargo, el predestinado habitante de los crepúsculos gloriosos de los domingos debió esperar un poco más de lo previsto. El primer gol no sería el suyo.
River, que tiene un gualicho de aquellos, después de 28 minutos en los que generó dos penales y una jugada de gol detenida por un línea, tras 28 minutos de jugar mejor, más compacto e incisivo, se metió un gol, acaso, y que perdone Palermo, era la única forma que tenía Boca de convertir un gol jugando de la forma en que lo estaba haciendo, que significa espantosamente.
Ahí, con ese regalo absurdo de Carrizo, los xeneizes parecieron entender que los dioses estaban esta vez con ellos, y pusieron cinco minutos de fútbol que se cerraron con el gol que todo el mundo esperaba. River lo facilitó como para quitarse de encima la sospecha. Que lo haga de una buena vez, dijeron los defensores y ahí nomás  entraba Don Martín a cabecear mano a mano con las dudas de Juan Pablo, para cumplir con ese mandato que era parte de la atmósfera como el aire frío y silbador que cruzaba la tarde. Poco más de media hora y Boca se encontraba con un triunfo que tenía aditivos maliciosos como el hecho inefable del gol de Palermo y la injusticia del resultado. River, en cambio, iba tomando nota de la impotencia de sus delanteros, de la cantidad de errores del árbitro y le empezó a encontrar, entre los habitantes de su tribuna, gusto a poco a la zurda de Lamela en soledad, y al brío de Almeyda con palpable inclinación al enojo que lo eyectaría del partido una hora más tarde. 
Y EL DESPUÉS. Los últimos minutos de ese primer tiempo eran la cola, el “trailer”de la película que se vería en el segundo. Sólo que otro protagonista de los pocos que generan expectativa por sí solo empezó a manejar los hilos, instalado como un ángel que lo hace desde su nube en medio de la tormenta que lo rodea. Juan Román Riquelme en uno de los clásicos menos brillantes de su vida, supo mucho antes del final que el premio venía  casi de arriba, que podía jugar como en un entrenamiento, y que nada podía cambiar el rumbo de una tarde que definieron mucho más los imponderables que los méritos.
No hubo individualidades destacas, salvo algún defensor como Juan Insaurralde que no influye en las calidades de un partido, y Patricio Loustau continuó esgrimiendo un reglamento especial que clausura su participación en las áreas. 
La gente de Boca tronó en sus dominios con una alegría al final legitimada, porque anduvo mucho más cerca del tercer gol que River de conseguir un descuento, aunque a los millonarios solamente les sirviera para tener un motivo valedero para seguir luchando.

Y EL FINAL. Pero ni eso tenía River por entonces. En un lateral, faltando 20 minutos, Matías Almeyda corrió desde la mitad de la cancha para hacerlo, mientras el joven Roberto Pereyra pensaba llegar con un trotecito apenas entendible en un jugador que “hace” tiempo...
En Boca se fue aclarando un poco el remolino de Pablo Mouche, Nicolás Colazo pensó que estaba “hecho” y el partido se fue muriendo en medio de tal indiferencia, que quizás por eso decidieron romper con la modorra Almeyda y Clemente Rodríguez, haciéndose echar al cabo de una pelea sin trompadas.
Matías se besó la camiseta, se desprendió de dos policías a los que pareció no gustarles el gesto del jugador, y él sintió que también eran de Boca los agentes, porque es lo que se piensa cuando uno se desbarranca y siente que todo le juega en contra. 
Julio César Falcioni salvó el año, lo cual está bien porque merece tener tiempo de armar su verdadero equipo, y Jota Jota no sabe qué decir, porque andar mencionando la suerte es argumentalmente pobre, aunque sea cierto.
Al cabo, puede decirse que Boca, habiendo llegado con ese gol bajo el brazo que aseguraba la leyenda de Palermo, recibió un obsequio inesperado, cuando Carrizo se anotó ese blooper para su carrera. Y, en fuerzas tan parejas, fue demasiada ventaja. 

lunes, 9 de mayo de 2011

"River, otro candidato en retirada", la columna de Víctor Hugo para Tiempo Argentino


Del mismo modo  que tantos candidatos presidenciales y quizás siguiendo la onda en ese sentido, River pareció también bajarse de la postulación que pareció esgrimir esta semana, al cabo de una actuación irregular, pero que lo tenía en la tabla en una condición de expectativa realmente muy interesante. No había encuesta que no le dijera a River que tenía mejores posibilidades que All Boys y que su preocupación tenía que instalarse en ir a buscar lo más alto de la tabla y no pensar en absoluto  en la parte de abajo de las posiciones. No obstante, el fútbol a veces tiene, como la política nacional, respuestas muy inesperadas. El cuadro de la película de ayer, hoy cambia por completo. Y así,  ahora a River le cabe nuevamente transcurrir una semana traumática, como en los viejos tiempos, sabiendo que tiene que jugar contra un Boca que llega entonado, en La Bombonera, y otra vez acechado por fantasmas extraños a su historia, como los son el descenso y esa constante irregularidad que lo tiene en un sube y baja de actuaciones promisorias y de victorias por caso inesperadas, como la que consiguió frente a Racing, y derrotas también casi absurdas, como la que se consumó frente a All Boys.
River demostró su desconcierto en la última jugada del partido de ayer. Decidió que fuera la acción que cerrara el juego porque faltaban todavía tres minutos, y en un córner, perdiendo 1-0, Juan Pablo Carrizo perdió la brújula por completo y salió corriendo al área contraria. Bastó un rechazo de cabeza para que JP Rodríguez corriese como antes lo había hecho Giglioti en el primer tiempo, cruzase todo el largo de la cancha y definiese el partido dejando a River tan perplejo como posiblemente algunos candidatos se soñaron hace algún tiempo y ahora se van, también como River, a pelear para no quedarse en el repechaje.
La actuación de All Boys fue la de un equipo inteligente, al cabo. Timorato al principio. Pero muy decidido en el segundo tiempo a liquidar el partido con una jugada más. Por eso, el equipo del Pepe Romero fue mucho más consistente y meritorio para quedarse con la victoria cuando iba ganando 1-0 que cuando el partido estaba todavía 0-0 y lucía tímido y sin ninguna resolución para lanzarse al ataque. Debió suceder que en el crepúsculo del domingo, el equipo de Jota Jota, que soñaba con la aurora, se haya  quedado con las manos vacías, justo esta fecha, en la que debe esperar el partido contra Boca.
En lo estrictamente futbolístico, el partido disputado en el Monumental sólo hizo justicia al final por la inteligencia de All Boys. Sí, River ligó mal, aun cuando su principal arma, Erik Lamela, que siempre intentó mostrarse y le dio un gol prácticamente hecho a Funes Mori, no tuvo la contundencia que el equipo necesita. Pero los que sí anduvieron peleados con la pelota fueron los dos de arriba y, además,  los cambios de su técnico fueron decididamente tardíos: ya a los 10 del segundo tiempo, quedaba más que  claro que repitiendo lo que había hecho en el primero, no le alcanzaba para poder cambiar el resultado. Y, de ese modo, Diego  Buonanotte y Manuel Lanzini entraron cuando quedaba poco tiempo para cambiar la historia.
Pero no está dicha la última palabra. Aunque este cronista, que nunca pensó que iba a vivir para ver a River en esta situación cerca del final, admite que es extraño que casi puede ser campeon y a la vez pelear por no descender.
Y ahora, para colmo, esta noche, el tigre de las dos batallas, ese Vélez que ha hecho de Versalles un fuerte de lujos y de victorias, puede separarse en las posiciones, tanto como para poner en su caja de seguridad ahorros suficientes que lo dejen tranquilo a la hora difícil de disputar la Copa Libertadores y el campeonato local al mismo tiempo...

jueves, 28 de octubre de 2010

"La conversación", por Víctor Hugo Morales para Tiempo Argentino

Una severa crítica realizada por radio fue el disparador de una comunicación telefónica que permitió la comprensión de que el odio, en su concepción más violenta, había ganado una buena parte de los medios.

           Este periodista recuerda un contacto telefónico con Néstor Kirchner. Eran los días de febrero de este 2010, cuando trascendió que el ex presidente había comprado 2 millones de dólares en el Banco Central hacia octubre-noviembre de 2008. Acostumbrados a comprar dólares como una forma de ahorro o especulación en la Argentina, la idea que prevaleció era que Kirchner había querido hacer una buena diferencia. Un hombre que tenía acceso a información privilegiada compraba dólares que un año y medio más tarde tenían un valor más  elevado.
Era un lunes, y este periodista comenzó su programa de radio con una crítica durísima a Kirchner, la peor que le había hecho a su figura. Lunes y martes, largos minutos fueron invertidos en fustigar la presunta acción del líder político. Fue tal el tono que el cronista vivió minutos de vergüenza cuando al intentar disculparse, el miércoles, puso al aire sus propias palabras y no pudo resistirlo. Sonaban tan inapropiadas e irrespetuosas frente a la realidad de los hechos que debió quitarlas del aire, aun si las había imaginado como parte de una excusa, cuya sinceridad crecía ante el tenor de las diatribas de los días precedentes.
Una autoincriminación hace suponer que el relator de los hechos sobreactuaba en los reproches a Kirchner, porque la participación que había tenido en el Fútbol para Todos y la Ley de Medios era muy notoria y, en la pelea, había sido acusado bastardamente de oficialista por aquellos medios defensores del statu quo mafioso. Quizás había quienes recordaban que  llevaba 15 años dando pelea contra el robo de Clarín y de Torneos y Competencias, pero no todos lo sabían. Para dejar en claro que apoyaba lo del fútbol y la Ley de Medios, pero que no era parte de un alineamiento con el gobierno, ¿aprovechó la ocasión para mostrar su independencia? Es muy posible, piensa hoy. La ocasión era propicia aunque más no fuese inconscientemente para exhibir que estaba muy lejos de ser un vocero del gobierno. En el afán, fue el más duro, quizás. Entonces, derrapó.



SUENA EL TELÉFONO. Néstor Kirchner llamó ese martes hacia el mediodía, después de las dos andanadas acusatorias hacia su persona. El firmante, que no conocía al ex presidente ni había hablado nunca con él, fue hacia el teléfono, prometiéndose firmeza frente a cualquier ataque, porque seguro que él llamaba para confrontar duramente. 
Un secretario dijo: “Le paso con el doctor”, lo cual vino muy bien porque el periodista no sabía como tratarlo.
 –Holaaaa...
–Buen día, Víctor Hugo, ¿cómo está?
–Bien “doctor”, bien, algo preocupado, se imaginará. (Buena consejera es cierta humildad, se dijo.)
–No, mire, la verdad es que lo llamo porque a usted, a usted –remarcó–, quiero decirle cómo son las cosas. (¿Cómo “eran”, si estaba todo tan claro...?) Yo compré esos dólares para una operación que debía hacer en esos mismos días. Los compré con mi nombre, hasta el tope permitido en el Banco Central, no me escondí para hacerlo, puse mi nombre, respeté la ley y le aseguro que no lo hice para especular de ninguna manera sino para afrontar un compromiso muy claro.
–Pero doctor, ¿por qué dejó pasar estos días sin aclararlo? (Un reproche como para ir justificando la mancada.)
–La verdad es que ya estoy cansado. Van a decir lo que quieran, siempre. Y  le diría que ni me importa. Mienten como animales, y no tengo ganas de aclararles nada.
–Pero qué macana, al fin de cuentas, porque ¿sabe lo que me da más verguenza? Ni se me ocurrió lo que usted me explica. Estamos hechos para pensar mal, parece tan simple lo que me explica que...
–Tengo aquí los papeles para mandárselos al instante, porque quiero que vea usted mismo...
–No, espere, doctor. Si esto es como usted me dice, yo ya lo insulté, y aceptar que me lo pruebe sería volver a insultarlo. Le creo, entiendo muy bien lo que me dice y le pido que me deje volver al micrófono para pedir las disculpas que le ofrezco muy... avergonzado, doctor, muy abochornado.
–Permítame decirle que no quiero que haga una aclaración, lo que me importa es que usted lo sepa. Nada más. (Kirchner hablaba con calidez, con respeto, sin calentura, con nobleza... ¿Dónde estaba la bestia peluda que pensaba enfrentar este cronista cuando iba hacia el teléfono?) Por más que aclare, me van a pegar por otro lado. Es lo mismo, déjelo correr... ¿Sabe por qué se lo quería decir? Porque yo creo saber quién es usted, y me importa que sepa esto. Nada más. Sólo me sentiré mejor si me dice adónde puedo enviarle los papeles de lo que le digo. Mi secretario, aquí al lado, se los puede entregar en media hora. Así que...
–Doctor, olvídese. Hablamos en otra oportunidad, pero ahora déjeme ir al micrófono. En este momento le pido disculpas, pero lo que dije no lo dije en un teléfono, sino en un micrófono, y es ahí  donde quiero hablar.
–No lo haga, ya está. Yo me conformo con que usted...
-Doctor, le mando un saludo y lo dejo, permítame. (Se oyeron unas palabras más de Kirchner pero se perdieron en un “hasta cualquier momento, doctor”).

Tristemente, el pedido de excusas, realizado de inmediato a través del programa que conduce, le trajo a este periodista la certeza de que el odio, en su concepción más violenta, había ganado una buena parte de los medios y la sociedad.
Nunca le fue perdonado el gesto. Se incorporó a la fantasía antojadiza de los que acusan de “oficialista” cualquier aprobación que al gobierno se destine. No importó a muchos imbéciles que el descargo, el paliativo, la inculpación eran la consecuencia de una critica durísima infligida a Néstor Kirchner cuando ya habían transcurrido varios meses de la aprobación de la Ley de Medios, no obstante lo cual, el cronista, aun equivocado, podía separar ese tema de lo que le parecía censurable.
Nadie habló más de aquellos dólares. Lo que dijo Kirchner era cierto.